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25º aniversario del Ascenso al Everest de Heber Orona
Team Ansilta

25º aniversario del Ascenso al Everest de Heber Orona

EVEREST 8.848 metros
27 de Mayo 1999
 
El ser humano vive de sueños; se propone metas, nuevos desafíos y busca las formas de concretar lo que aún parece imposible. Creo que todo montañista de altura sueña con subir el pico más alto de nuestra tierra: el Everest. En mi caso, luego de devorar libros sobre experiencias en los Himalayas y trabajando en Aconcagua, soñaba con ser invitado a formar parte de alguna expedición a cualquiera de los 14 ochomiles en los Himalayas. 

En el año 1998 unos amigos mexicanos me invitan a formar parte de una expedición para intentar la 5ª montaña más alta del mundo: el Makalú (8.463 msnm). A partir de esta experiencia afianzamos vínculos con mis compañeros y otros montañistas con quienes habíamos compartido en el Makalu. Se abrieron puertas y surgió la propuesta para ir a la esperada montaña: el Monte Everest, la “Madre del Universo” (“Chomolungma” en su denominación tibetana, y “Sagarmatha” en Nepalí).

Como la nuestra no era una expedición comercial, necesitábamos bajar costos y nos entusiasmaba el desafío de ir por una ruta alternativa a la más frecuente, planteamos ascender por la Cara Norte, desde Tíbet. Además, en lo personal, me planteé hacerlo sin tubos de oxígeno y sin porteadores de ayuda para la carga de equipos, respetando el estilo que siempre elegí para mis desafíos deportivos.

Me informaron que el grupo estaría conformado por 11 montañistas de diversas nacionalidades: un búlgaro, tres rusos, tres mexicanos, dos finlandeses, y un ecuatoriano, mi compañero y gran amigo de expedición Iván Vallejo, quien también se había planteado el desafío de no usar tubos de oxígeno en el ascenso. El grupo de expedicionarios se completaba conmigo, el único Argentino.

Recuerdo que confirmé mi participación por fax, sin tener aún el dinero ni el equipo necesario. En aquellas épocas, y sobre todo en Argentina, no era común patrocinar este tipo de desafíos. Tenía 40 días para conseguir los recursos necesarios antes de viajar, así que me fui a Buenos Aires y logré que algunos confiaran en mi proyecto, aunque no era suficiente. El dinero que me faltaba me lo prestó un querido amigo, estando ya a contrarreloj con los preparativos. Lo bueno de hacer temporada en Aconcagua es que para esa fecha estaba bien entrenado y contaba ya con parte del equipamiento necesario para una expedición de altura, así que partí con lo que tenía, pensando en buscar lo que me faltaba al llegar a Khatmandú (entre otras cosas, el famoso enterito de pluma que todos utilizan para el día de cumbre).

El periplo del viaje me llevó mucho más tiempo del que esperaba; había conseguido vuelos económicos sujetos a disponibilidad de asientos, con lo cual me llevó una semana entera arribar a Nepal. Iba ya con muy poco dinero y tuve que pagar una multa por llegar tarde a Khatmandú y retrasar toda la expedición, ya que para cruzar al Tibet, era requisito hacerlo todos juntos. Me quedé casi sin dinero para comprar el equipo que me faltaba y, con mucha suerte, me encontré con un cliente mexicano que había intentado el Cho Oyu y estaba al tanto de mi proeza solo para llegar a Nepal. Con un café de por medio, me  sorprendió ofreciéndome su enterito de pluma en préstamo. Pensé en una frase escrita en un libro que había llevado al viaje: “El Universo conspira para lograr los sueños”. Anécdotas como esta se fueron dando a lo largo de todo el viaje; cada historia lleva a otras y cada conspiración del Universo me llevó a tener una de las vivencias más importantes de mi vida.

Yo tenía la ilusión de intentar la cumbre el 25 de mayo, por lo que representa para los argentinos esa fecha; siempre me sentí un embajador deportivo representando a mi país. Pero la oportunidad se dio recién el día 27, ya que nos retrasamos al enterarnos que nuestro campamento 2 había sido destruido por el viento y tapado por la nieve. Esto nos obligó a hacer nuestro ascenso final cargando una carpa extra, necesaria para poder pasar las noches del C2 (7.800 m) y C3 a (8.300 m). 


Esa madrugada del 27 de Mayo de 1999, salimos a la cumbre Iván Vallejo y yo. Iván, mucho más fuerte, se adelantó y llegó a la cumbre antes, junto a un grupo de tibetanos que dejó allí la foto del Dalai Lama como homenaje, que yo encontraría más tarde. Con Iván nos cruzamos en su bajada y, entre lágrimas, me alentó diciéndome que lo iba a lograr, que estaba muy cerca. Seguí solo y muy lento, acompañado cada paso  con una profunda respiración, con muchas incertidumbres y miles de pensamientos cruzándose por mi cabeza, intentando anticipar posibles errores, frente a un emprendimiento donde todo era desconocido. Así logré llegar a la cumbre de Everest a las 10:55 am (horario de Nepal), y en el estilo que me había propuesto, siendo el primer argentino en subir el Everest por la Cara Norte, sin la ayuda de Sherpas que lleven la carga, y sin tubos de oxígeno. Me sentí orgulloso por lo logrado en aquel momento; aunque no haya sido la fecha que había soñado, sentí que fue la que Dios dispuso en mi camino para lograr llegar al techo del mundo: un 27 de Mayo. 

En los últimos pasos a la cumbre, llegando solo, con el mundo realmente a mis pies, pensé en aquellas personas incondicionales que me llevaron a concretar ese sueño: mi familia, mis amigos y quienes confiaron en mi capacidad. Me sentía agitado, emocionado, aún exhausto. Hice fotos y videos intentando retratar la imponencia del lugar, todas esas otras grandes montañas (entre ellas el Makalu, que un año atrás me había negado ese sueño tan anhelado). Después de más de una hora solo en la cumbre, decidiendo bajar, veo aparecer a mi compañera mexicana Karla Wheelock con su Sherpa y decido esperarlos para compartir ese momento único. Recuerdo lo que Karla dijo: “Momentos y sensaciones como estas, cuando se comparten, se multiplican.”

Es difícil transmitir esa vivencia; recuerdo haber pensado que me sentía feliz por demostrar que, cuando hay convicción, los sueños se transforman en posibles; que quien se esfuerza aprende a mejorar y tarde o temprano tiene su recompensa. El Everest me dio esa posibilidad y estoy agradecido por haberme abierto a nuevos desafíos que siguieron luego, como el proyecto 7 cumbres.

25 años después, rememorando aquellos días, me invaden profundas emociones y la certeza de que, con constancia, disciplina y sobre todo convicción, todo sueño se vuelve posible.
 
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